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Full text of "Los tres mosqueteros : comedia en un acto y en prosa"

10973 

ADMINISTRACIÓN 

lírico-dramática. 



LOS TRES 



MOSQUETEROS, 



COMEDIA EN UN ACTO Y EN PROSA, 



DON EDUARDO DE INZA, 



SEVILLA, 14, PRiNCIPAL, 

1874. 



P 



LOS TRES MOSQUETEROS. 



LOS TRES MOSQUETEROS, 



COMEDIA EN UN ACTO Y EN PROSA, 



DON EDUARDO D2 IHZA. 



Üep regentad a por primera vez coa extraordinario éxito en el Teatro d« 
VARIEDADES en Noviembre de 1873. 



MADRID. 



IMPKKiYiA DE JÜSK RODRÍGUEZ. -r-CALVARIO, 1$. 
1374, 



PERSONAJES. ACTORES, 



IJJCIA Srta. Vedia. 

BRÍGIDA Sra. Rodríguez (€,>. 

DON JACINTO Sr. Valles. 

RICARDO Sr. Rcesga. 



La escena pasa en una quinta de recreo de D. Jacinto, » 
las inmediaciones de Guadala jara. --Época actual. 



Todas las indicaciones de derecha é izquierda están tomadas 
desdo el punto de vista del espectador. 



Esta obra es propiedad de D. Eduardo Hidalgo, y nadie po- 
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en España, 
ni en sus posesiones de Ultramar, ni en lospaises con los cua- 
les haya celebrados ose celebren en adelante tratados inter- 
nacionales de propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho 11 de traducción. 

Los comisionados de la Administración Lírico-Dramática de 
1). EDUARDO HIDALGO, son los exclusivamente encargado» 
del cobro de los derechos de representación y de la venta de 
ejemplares. 

Queda hecho el depósito que márcala ley. 



ACTO ÚNICO. 



Sala de recibir en la quinta de ü. Jacinto. En el fondo una puerta que 
comunica con un terrado: dicha puerta deberá estar abierta durante la 
acción de la comedia: puertas laterales á derecha é izquierda; entre las 
dos de la izquierda un velador arrimado al lienzo de la decoración. En 
primer término, á la izquierda también, una mesa; á la izquierda de ésta 
un sillón de gutapercha y á la derecha una silla. Á la derecha, en pri- 
mer término, una mesa pequeña, sillas, etc., etc. 



ESCENA PRIMEBA. 

D. JACINTO, LUCÍA y BRÍGIDA. 

Al levantarse el telón, Lucia, sentada en la silla de la derecha de la mesa, 
prosigue en alta voz la lectura del libro que tiene en la mano. D. Jacinto, 
^ómoda y perfectamente arrellanado en el sillón, tiene fija la mirada en Lu- 
da, de quien no aparta la vista un instante. Brígida figura preparar el café 
para D. Jacinto en el veladorcito de la izquierda. 

Lucía. «Artagnan había quedado vencedor, y á decir verdad, 
»no necesitó para conseguirlo hacer grandes esfuerzos. 
»Uno solo de los alguaciles tenía armas, y no más que 
•por fórmula se defendía ; los otros tres arrojaron sobre 
«nuestro héroe las sillas, los bancos y cuantos cachar- 
tros hubieron á las manos. Pero todo fué inútil. En 



— 6 - 

»diez minutos se deshizo de sus cuatro enemigos el bra- 
>»vo mosquetero, y como siempre , quedó Artagnao 
«triunfante y dueño absoluto del campo.» 

Jac. Y qué más. 

Lucia. Y que se acabó. 

Jac. Cómo? Que se acabó? 

Lucia. Sí señor: aquí concluye el primer tomo; pero falta el 
segundo y... 

Jac. Me alegro infinito. 

LUCIA. Voy á buscarle. (Levantándose.) 

Jac. Qué disparate! no faltaba más. No permitiré "que se to- 
me usted ese trabajo, _ 

Lucia. Pero señor... 

Jac. Nada, nada; voy yo mismo. 

Lucia. Por Dios, don Jacinto, hágame usted el favor de no mo- 
verse, vaya! mi tía me regañaría si no. No es verdad? 
Tia! tía Brígida? * 

Brig. Qué? 

Lucia. Verdad que tú me regañarías si consintiera que el 
señor... 

Brig. Ya lo creo! 

LUCIA. Ya lo Oye USted. (Bríg-ida se acerca con los útiles necesarios 

para el café.) Siéntese ahí y estése quieto. Tome usted su 
café con toda tranquilidad y mientras iré por el segun- 
do tomo. 

Jac. Pero si usted no sabe dónde está. 

Lucia. Que no lo sé? sí señor; en el armario, en la tabla de 
arriba. 

Jac. Y cómo quiere usted alcanzar, criatura? 

Lucia. Toma; pongo una silla y ya está. 

Jac. Eso es, y que se caiga usted y se haga daño. 

LUCIA. Quién dijo miedo! (Dirigiéndose á la puerta de la derecha.) 

Jac. Tenga usted cuidado, por Dios, mucho cuidado, (l» *¡- 

g-ue con la vista hasta que desaparece de la escena.) 



ESCENA II. 

D. JACINTO y BRÍGIDA. 

Jac. Vamos á ver, Brígida; en qué quedamos? qué sobrina 

es esta? 
Brig. Qué sobrina ha de ser, señor? una sobrina, y pare usté 

de contar. 
Jac. Y en qué consiste que nunca me habías hablado de ella? 

(Tomando el café.) 

Brig. Nunca? Pero señor, si hace quince dias que no le hablo 

áusté de otra cosa? 
Jac. Ya; pero hasta esa fecha jamás me habías dicho una 
palabra. 

Brig. Como que á usté, tampoco se le había ocurrido en vein- 
te años largos que estoy en su casa, preguntarme una 
vez siquiera por mi familia. (Toma esa y vuelve por 
otra.) En cambio se desquita usté ahora, porque desde 
que mi dichosa sobrinita ha venido, todo se le vueiven 
á usté preguntas. De dónde viene tu sobrina? adonde 
ha ido tu sobrina? qué está haciendo? qué es lo que ha 
hecho? qué piensa hacer? Francamente, señor, cien 
veces por dia le estoy á usté repitiendo lo mismo; pero 
á usté, según parece, se le olvida, de modo que volvere- 
mos á empezar. Así como así, á mí no me cuesta 
trabajo. 

Jac. No se me olvida, Brígida, no se me olvida. Me has di- 
cho que tenías un hermano... 

Brig. Y es verdad, tengo un... 

Jac. Que ese hermano tuyo, relojero por más señas, se fué 
á la Habana y se estableció en Cárdenas, no es eso? 

Brig. Sí señor, eso mismo, en Cárdenas. 

Jac Que allí se casó y tuvo una hija: 

Brig. Una hija que es mi sobrina: esa misma Lucía que esta- 
ba aquí hace un momento, y que es mi sobrina porque 
es hija de mi hermano. 

Jac Y es cosa muy natural. También me has dicho que Lu- 



• 8 - 

eía había recibido una excelente educación y que esta- 
ba desempeñando la plaza de institutriz... 

Brig. Institu... qué, señor? 

Jac. Ó aya. 

Brig. Eso ya es otra cosa. 

Jac Ó aya, en casa de una familia americana, y que habien- 
do venido esta familia á pasar una temporada á la Pe- 
nínsula, tu sobrina ha aprovechado la ocasión para ve- 
nir algunos dias á tu lado. Es esto lo que me has dicho? 

Brig. Eso mismo, sí señor. 

Jac Pues bien, Brígida; no sé por qué, pero me parece que 
aquí debe de haber algo. 

Brig. Algo? Pero, señor, qué algo ha de ser ese? 

Jac. Que sé yo? Pero cuanto más la miro, cuanto más la 
oigo, menos acierto á explicarme... En fin, sea de ello 
lo que quiera, la verdad del caso es que tienes por so- 
brina la criatura más angelical que he conocido. 

ESCENA III. 

DICHOS y LUCÍA, que sale por la derecha con un libro en la mano. 

Lucia. Aquí está el segundo tomo; ya le encontré. 

Brig. No se le ofrece á usted nada más? 

Jac. Nada, Brígida, gracias; nada más. 

Brig. Pues entonces me marcho, (va á salir y retrocede.) Pera 
antes sepa usted, puesto que parece que le divierte es- 
tarlo oyendo siempre, que tengo un hermano; que éste 
hermano se marchó á la Habana y se estableció en las 
ventas de Cárdenas. 

Jac. En las ventas de... 

Lucia. No, tia, no; nada de ventas; qué horror! En Cárdenas, 
tia, en Cárdenas á secas. 

Brig. Sí, tienes razón; eso es. Usted tiene la culpa; á fuerza 
de repetir tanto las cosas, concluye una por olvidarlas. 

( Váse por la izquierda coa bandeja, taza, etc.) 



— 9 - 
ESCENA IV. 

D. JACINTO se sienta en su sillón sin cesar de mirar á LUCÍA. Ésta ocu- 
pa la silla en que estaba sentada al levantarse el telón. Un momento d* 
silencio. 

Lucia. Está usted bien así? 

Jac. Ya lo creo; estoy perfectamente. 

Lucia. «Tomo segundo, capítulo primero.» 

Jac. Perfectamente bien. 

Lucia. «Luego que quedó Artagnan...» 

Jac. No me cansaré de decir que estoy perfectamente bien, 
y no encontraré palabras bastantes para darla á usted 
gracias, á usted, Lucía, que es á quien debo este deli- 
cioso bienestar. Y por cierto, que si alguien me hubie- 
ra dicho hace dos meses, cuando me vine aquí, que 
hoy había de tener tan buen humor, le hubiese con- 
testado al tal, que no sabía lo que se pescaba; porque 
lo que es el dia en que llegué aquí, maldito lo alegra 
que estaba. Mi dichoso sobrino, qué digo sobrino? 
mí hijo; porque siempre le he querido como si real- 
mente lo fuera, acababa de portarse conmigo de la ma- 
nera más inicua del mundo. 

Lucia. Jesús! Pues qué hizo? 

Jac. Nada, una friolera! Casarse y del modo más escandalo- 
so... Así es que cuando Brígida acertó á pedirme per- 
miso para recibir á una sobrina que venía de Amé- 
rica, la eché con cajas destempladas... á Brígida se en- 
tiende. 

Sí; ya me ha dicho... (Se levanta.) 
La pobre mujer sólo pudo conseguir de mí, que con- 
sintiera que usted entrase en la casa; pero con la pre- 
cisa condición de que no se presentara nunca delante 

de m¡ Vista. (Dirigiéndose á la derecha.) Y á pesar de tpdo, 

un dia nos encontramos de manos a boca en un pasillo . 
Lucía. No tuve yo la culpa. 



_■ lo Tr 

hc, Poco después, cuando Brígida vino á traerme el café, 

usted venía detrás. 
Lucia. Sí, es verdad; porque traía el azucarero. (Acercándose á 

D. Jacinto.) 

Jac. Sí, eso es; el azucarero. . y yo entretenido en mirar á 
1 usted más de cerca, puse el café aquella tarde como un 
jarabe. 
Lucia. Y eso es malo? 

Jac. Malo? Tanto como malo, no; pero irrita. 
Lucia. Ah! 

Jac. Luego la pregunté á usted si sabía jugar á las damas, y 
me dijo que sí: la pregunté á usted también si la mo- 
lestaría leerme todas las novelas de Alejandro Dumas, 
y me dijo usted que al contrario; y con unas cosas y 
con otras, yo que no quería verla á usted, luego no he 
podido pasar un instante sin tenerla á mi lado. Por eso 
digo, que estos últimos quince dias son los más felices 
que he pasado en mi vida. 
Lucia. De veras? ah! cuánto me alegraría de que eso fuera 

cierto. 
Jac Lo es, sí señora; pero no comprendo que usted se ale- 
gre de ello. 
Lucia. Pues yo sí; porque de ese modo se irá aplacando el 

odio que tiene usted á su 'sobrino. 
Jac No; lo que es en cuaoto á eso, no estamos conformes. 
Lucia. De modo que lo que ha hecho no merece perdón? 
Jac De ningún modo. 
Lucia. No sabía... 

Jac Figúrese usted... digo, si es que no la molesta el es- 
cuchar el relato de mis desdichas. 
Lucia. Ay, no, señor! muy al contrario. 
Jac (Pobrecita!) Pues bien: sepa usted que yo mismo había 
preparado, de acuerdo con unos antiguos amigos, la 
boda de ese bergante con una criatura hermosísima. 
Lucia. Ya; conque la novia era... 

Jac Hermosísima, con dinero y de muy buena familia. Qué 
más podía desear el muy... Todo lo tenía yo arregla- 



- íi - 

do y dispuesto, hasta el dia en que debían tomarse 
los dichos, cuándo recibo una carta de mi sobrino, 
precisamente el dia anterior al señalado para los di- 
chos; y con la carta, el disgusto más grande que he 
tenido en mi vida. El muy tuno me decía que con todo 
dolor de su alma, le era imposible casarse con Margari- 
ta; La novia se llamaba Margarita: ya ve usted, hasta el 
nombre era precioso! Pues eso me escribió veinticuatro 
horas antes. Y si al menos me hubiese dicho que no se 
casaba porque tenía horror al matrimonio, pase! eso, 
hasta lo comprendo; pero no señora; mi sobrino no le 
tiene horror; no se casaba con Margarita por la razón 
sencilla... vamos, no puedo ni pensarlo, por la razón 
sencilla de que se había casado ya con otra. (Dejándose 
caer en el sillón.) Ahí tiene usted lo que me ha hecho mi 
sobrino. Comprende usted ahora si tengo razón para no 
consolarme jamás? Ingrato! Infame! 
Lucia. Efectivamente: eso de haber desbaratado un matrimo- 
nio que usted había arreglado á su gusto... 
Jac La víspera de tomarse los dichos; porque no fué tres 
días antes, ni dos, no señora, fué la víspera. Usted com- 
prende toda la fuerza de la palabra? La víspera. 
Lucia. Sí señor, ya lo entiendo; pero dígame usted; él amaba 

á esa muchacha... á la otra? 
Jac. Pero aunque la amara y la adorara y estuviera loco, 
¿todo ello es bastante para desbaratar el otro matrimo- 
nio precisamente la víspera de tomarse los dichos? 
Lucia. Claro es que no! 

Jac. En fin, cómo ha de ser; dejémosle que se le lleve el 

diablo, y si á usted le parece volvamos á nuestro Ar- 
tagnan. 
Lucia. Ah, sí señor, con mucho gusto. 

JaC. (Arrellanándose en el sillón.) Ajajá! 

Lucia. «Luego que quedó Artagnao á solas con Madama Bo- 
nacieux ..» 



— m - 

ESCENA V.' 

DICHOS y BRÍGIDA. 

Brig. Señor... 

Jac. Qué hay ahora? Qué se te ofrece? 

Brig. Ahí está uno... 

Jac. Bien; y quién es ese uno? 

Bkig. Uno... que viene de Madrid. 

Jac. De Madrid? 

Brig. Sí señor, uno que viene de Madrid. 

Jac. Bueno, y qué? Qué misterios son esos? Quién es ese 

uno? porque supongo que tendrá nombre. 
Brig. Ya lo creo! pero su nombre... 
Jac. (Levantándose.) Me figuro que no será... 
Brig. Pues se figura usted mal, porque es.. . 
Jac. Ricardo? 
Brig. El mismo, sí señor, su sobrino de usted, el señorito 

Ricardo, i 
Jac. Y está ahí? 
Brig. . Sí señor, esperando... 
Jac. Pues dile que donde debe esperar es en la estación á 

que pase algún tren para volverse por donde ha venido. 

(Vuelve hacia su sillón, pasando por detrás de la silla de Lu- 
eía. Brígida permanece en el fondo junto á la puerta.) COTÍ— 

tinuemos si á usted la parece. 
Lucia. Ah, no: dispénseme usted que me niegue; ahora, ni 
usted está en disposición de escuchar, ni yo misma 

Creo que podría leer. (Cierra el libro y se levanta.) 

Jac Quiere decir que usted también se pone en contra mia! 

Lucia. De ningún modo, no señor; pero al ver á usted arro- 
jar de su casa con unos términos tan... duros al único 
sobrino que le queda, y á quien usted mismo confiesa 
que ha querido como si fuera su hijo, no he podido 
contenerme, y á pesar mió... Vamos, sea usted bonda- 
doso, yo se lo ruego á usted: perdónele usted! 

!ac Pero á qué conduce que yo le vea si no lie de hacer 



— lo - 

nada de lo que me pida? Guando se convenza de que 
todo es inútil, acabará de molestarme. Nada, nada, 

que Se Vaya! (Mientras estas reflexiones de Lucía y Don 
Jacinto, Brígida baja y se apoya de brazos en el respaldo de * 

sillón de aquel.) Ademas que aun cuando le recibiera, 
sólo sería para concluir de una vez, á ver si le quitaba 
la gana de venir á darme tormento. 
Bien: recíbale usted, aunque sea sólo para eso. (Con 

acento triste.) 

Usted quiere? 

Yo, señor, con qué derecho? 

Diga usted que lo quiere y entonces por usted, sólo por 
usted, le diré que entre. 
Eso no puedo hacerlo yo... no es verdad, tia? 
Qué diablo! dilo, sobrina, qué importa? si es lo mismo 
verás cómo lo digo yo en seguida, sin hacerme rogar. 
Pues no es lo mismo, Brígida, no es lo mismo. 
Entonces, sea. Lo quiero, señor, lo quiero. (Con gaz- 
moñería.) 

Basta. Dile que pase. (Á Brígida.) 
Válgame Dios! Cuántos arrumacos y cuántos rodeos 
para hacer al fin lo que está usted deseando, (váse p or 

el foro.) 

Eso no; poco á poco! (Á Lucía.) Brígida no sabe lo que 
se dice. Lo hago tan sólo porque usted ha dicho «lo 
quiero.» 

ESCENA VI. 

DICHOS, RICARDO y BRÍGIDA. 

Querido Üo! (intentando abrazarle.) 

BuenOS los tenga USted, Caballero. (Esquivándole y diri- 
giéndose hacia la izquierda.) 

Aquí tiene usted á mi sobrina, señorito. 

Ah, sí; la hija de tu hermano el relojero. 

Sí señor, el relojero que se marchó... 

Á la Habana. 

Cabal. Vé usted qué memoria tiene? (Á d. J»«i*to..) E§ 



- 44 - 

muy bonita, verdad? (Á Ricardo. ) 

RlC. Mucho, Brígida, mucho. (Lucía ha cambiado mientras al- 

gunas frases con Brígida.) 

Brig. Pues es verdad! en qué estaré pensando? Ha almorzado 
usted en el camino? 

RlC. No, no he tomado nada: (Momento de impaciencia en Don 

Jacinto.) pero no importa, eso es lo de menos. 
Brfg. Cómo lo de menos! quiá, no señor! eso es lo de más. 

no faltaba otra cosa! ahora mismo voy á disponer que 

le traigan á usted un pollo y... 
Jac. Qué significa eso de un pollo y un... 
Brig. Lo quiero, sí señor, lo quiero, (imitando á Lucía ) Vienes, 

Sobrina? (Sale por el foro.) 

Jac. Pero qué es esto? Quién manda aquí? 

Lucia. Alia voy, lia. (Saludando á Ricardo.) Caballero... 

RlC. Señorita... (Váse Lucía por el foro.) 

ESCENA Vil. 

RICARDO, D. JACINTO y después BRÍGIDA. 

Jac. Conque usted dirá, caballero. (En tono acre.) 

Ric\ Pues tíada, tio, se trata tan sólo de el coto. .. 

Jac. Me alegro de que nos entendamos: trato de poner coto, 
en efecto... 

Ríe. No señor, no es eso: digo que se trata del arrenda- 
miento del coto que para utilizar la caza, tomamos jun- 
tos el año pasado. 

Jac. Ya; se trata del arrendamiento? Pues se paga y se aca- 
bó el negocio. 

üic. Es que al renovar el contrato piden una tercera parte 
más. 

Jac. Pues se paga y punto concluido. 

Ríe. Eso digo yo; se paga y punto concluido. (Entra pur i« 

izquierda Brígida con. un criado, que trae en una bandeja todo 
lo necesario para el desayuno de Ricardo: sobre la bandeja de- 
berá haber una botella, horizontalmente colocada en un cestitp. 
E4 criado deja la bandeja en la mesa, y sale inmediatamente por 



- lo — 

la izquierda. Brígida pone en la mesa un plato, cubierto, vaso, 
botella, etc. Ricardo ha ido á dejar su sombrero sobre una silla 
de la derecha.) 

Brig. Aquí está el almuerzo, señorito. Ajajá... Los postres 

vendrán luego, porque le he dicho á mi sobrina que le 

gustaban á usted mucho las fresas y ha bajado á coger- 

« las á la huerta . 

Jac Ala huerta y con el sol que hace? Es capaz de coger 

Un tabardillo (Con inquietud.) 

Ríe Es verdad; ha hecho mal. 

Brig. Quiá! no hay cuidado: se ha puesto un sombrero de 
paja muy grande, tan grande casi como ese velador. 

JaC y RlC ESO ya es Otraj COSa. (Acercándose cada uno por su lado á 
la mesa se encuentran frente á frente. Momento de silencio. Ri- 
cardo se sienta. Brígida, con sumo cuidado, como dando gran 
importancia á lo que hace, sirve vino á Ricardo; D. Jacinto se 
acerca á la mesa, y mientras Ricardo come, mira la botella y 
levanta el cestillo. Aquel es su vino predilecto. Lanza una mi- 
rada á la puerta por donde ha salido Brígida, y baja al pros- 
cenio pasando por detrás de Ricardo.) 

Brig. No es verdad, señorito, que es muy bonita mi sobrina? 
Jac. Ya lo hemos oido. (Vaya que esta tia, es una tia parti- 
cular.) (Con mal humor: Brígida sale.) 

Ríe. Estoy conforme con usted, tio; es preciso pagar, pero 

para ello necesito ver el contrato. 
Jac. i No diré que no; y me parece que en efecto ahí lo ten- 
go; le buscaremos y te le daré en seguida. Es eso todo 

lo que tenías que decirme? 
&c. Quiá, no señor; eso no es nada; aún se puedo decir 

que no he empezado. 
Jac. De veras, eh? 
Ríe. En primer lugar conste que usted es injusto conmigo, 

porque de todo lo que ha sucedido quien tiene la culpa 

es usted. 
Jac. Yo? 

Ríe Claro! Si usted no hubiera pensado en casarme con una 

mujer, yo no me hubiera casado con otra. 



— 46 - 

Jac. Oiga usted, caballerito! Tiene usted la pretensión de 
burlarse de mí? 

Ríe. De ninguna manera, tio, mi palabra de honor; pero eso 
no quita para que yo refiera los hechos tales y como 
son. Estaba resuelto á casarme con quien usted quería, 
completamente resuelto, y esa fué la desgracia; porque 
si no hubiera estado resuelto á complacer á usted, 
¿para qué tenía yo que comprar muebles? Esto se cae 
de su peso; pero como debía obedecer á usted y ca- 
sarme, me vi en la necesidad de ir á casa de un tapice- 
ro. Esto es lógico. (Dejando de almorzar.) 

Jac. De un tapicero? 

Ríe. Para comprar muebleB es lo que se necesita. Entré en 

la tienda, y á los cinco minutos se abre una puerta y 

aparece ella!! 
Jac Ella? 
Riu. Sí, tio, sí, ella!! 

ESCENA VIII. 

• DICHOS y LUCÍA, con un gran sombrero de paja puosto y en la mano un 
ccstito con fresas. 

Lucia. Aquí traigo ya las fresas; pero hay que esperar todavía 

Un pOCO para Comerlas. (Deja el cesto sobre la mesa de la 
derecha. Se quita el sombrero; se alza un poco las mang-as y se 
pone á quitar las hojas de las fresas que va colocando em un 
plato, aparentando no hacer caso de D. Jacinto ni de Ricardo.) 

Ríe. Sí, tio, sí; apareció ella y en el mismo instante sentí 
en el fondo de mi alma una extraña inquietud; brotó de 
mi corazón un deseo de verla, de oiría, de amarla, de 
tenerla á mi lado siempre; pero un deseo tan vehemen- 
te, que comprendí en seguida que me moriría si no lo- 
graba realizarlo. 

Jac. Ave María! Eso fué un pistoletazo. 

Ríe. Era tan linda, tio! tan linda! 

Jac. Á que me vas á hacer creer que era mejor que... (i*dí- 

ca i Lucía con fruición extrema.) 



— 47 - 

Mejor no era; no me gusta mentir; lo que es mejor, no 

era. (Mirando á Lucía.) 

Ya lo creo! ni parecida siquiera; de eso estoy yo bien 
seguro. 

No, lo que es eso sí; era casi igual, sin exageración. 
Tiene una sonrisa... usted me comprende, tío? una 
sonrisa picaresca y angelical á un mismo tiempo; ya ve 
usted que esto no se encuentra á la vuelta de la esqui- 
na. Su sonrisa es divina, créame usted á mí. Apuesto 
cualquier cosa á que no hay hombre en el mundo, por 
insensible que sea, que pueda verla sonreír una vez si- 
quiera sin enamorarse de ella como ún loco. 
Pues no te arriendo la ganancia. 
Por eso, y como yo no soy de piedra, no pude resistir á 
tantos atractivos y me volví atrás de lo que le había 
dicho á usted. Bien conozco que mi falta ha sido gran- 
de. Pero tenía tan bellas cualidades, que no es preciso 
más sino que usted la vea, que usted la oiga una vez y 
estoy seguro de que me lo perdona todo. Tío! una y mil 
veces se lo ruego; consienta usted en que venga á verle. 
Quiere usted? 
No: he dicho que no quiero yerla, ni ahora ni nunca. 

(Lucía con el plato de fresas en la mano, se acerca poco á poco 
á la mesa.) 

Pero tio... 

{Levantándose ) Ni ahora ni nunca. Está dicho. Tu mu- 
jer es tu cómplice. Conque ni una palabra más. Jamás 
os perdonaré ni á tí ni á ella. 
Conque no? 
Conque no. 
Tio! piénselo usted bien... es ese e! ultimátum? (Con 

tono creciente.) 

El ultimátum. 

Las fresas, señorito Ricardo. 

La fresa! gracias, pobre niña, gracias; pero no estoy 

para fresas ahora. *(Con entonación cómica.) 

Vaya! cómaselas usted, ande usted, cómaselas, que son 

2 



— 18 — 

muy rica» (Con gazmoñería.) 

Jac. Vamos, vamos; que se las cpma ó que no se las coma! 
Sólo faltaba que se le rogara ahora! (Lucía se dirige á re- 
coger su sombrero.) Supongo que hemos coacluido. Eso 
sería todo lo que tenías que decirme sin duda; y el 
asunto del coto sólo habrá sido un pretexto, no es así? 

Ríe. No, señor, no; lo del coto es verdad también. 

Jac. Pues entonces voy á mandar que te entreguen la es- 
critura. Quiere usted hacerme el obsequio de decir á su 
tía que venga? 

Lucia. Con mucho gusto, señor: al momento. (Sale por el fondo; 

momento de silencio. D. Jacinto mira á Lucía hasta que des- 
aparece. Ricardo coge maquinalraentt algunas fresas y se las 



ESCENA IX. 

RICARDO y D. JACINTO. 

\{\c. Hace mucho tiempo que está en casa la sobrina de 
Brígida? 

Jac. Quince días. 

Ríe. Es una criatura preciosa. 

Jac. Calle! también eso? (Con soma.) 

Ríe. No la he visto más que un momento, y sin embargo, 
desde luego me ha parecido que es digna de una posi- 
ción menos humilde que la que tiene. 

Jac. Ya lo creo que se lo merece todo! Parece una duquesa! 
Cuántas conozco yo que no valen la quinta parte. 

Ríe. Estamos conformes. Y sin embargo... vea usted lo que 
son las cosas: según usted, si un hombre decente y 
honrado quiere casarse con ella, hará mal; porque sien- 
do la hija de un relojero... dónde vamos á parar? 

J\c. Dale bola! volvemos á empezar? 

Ríe. No señor, no; ya me callo. 

Jac. Pero dónde diablos andará esa Brígida que no viene? 

(Se dirige á tirar de ia campanilla, y de repente se detiene y se 



~ 19 — 

vuelve á Ricardo-) Por supuesto que no es lo mismo; un 
relojero es muy distinto. 
Ríe. Por supuesto! 

ESCENA X. 

DICHOS y BRÍGIDA, que sale por la izquierda seguida del CRIADO que 
trajo el almuerzo, el cual levanta el mantel y se lleva la bandeja. 

Jac. Gracias á Dios! Tienes tú la Mave del secreter de mi 

cuarto? el secreter grande? 
Brig. Sí señor. 

JaC. Pues dásela á... (indica á Ricardo, y Brígida busca la llave 

en su bolsillo.) Dónde estabas metida, que hace un cuar- 
to de hora que te estoy esperando? 
Brig. Usted perdone, señor; pero es el caso, que mientras 
estaba aquí mi sobrina, ha venido el cartero y ha traí- 
do para ella... (Entrega á Ricardo una llave; éste se dirige 
hacia la derecha con suma lentitud.) 

Jac Una carta! 

Brig. Si señor, una carta en la que la mandan que se mar- 
che en seguida. Ya comprenderá usted que cuando me 
lo ha dicho... 

Jac Que se marche! 

Brig. Sí señor; que se marche en seguida. (Y van dos.) 

Jac Que se marche! Y tú que haces ahí todavía? (Empuja á 
Ricardo hacia la puerta.) No tienes la llave del secreter? 
Pues en el cajón ,de arriba está la escritura; anda, 
anda. 

RlC. Bien, tío, bien; allá VOy. (Váse puerta derecha.) 

ESCENA Xí. 

D. JACINTO y BRÍGIDA. 

ac. Vamos á ver, Brígida: qué es lo que dices; vamos 

á ver? 
Brig. Yo, señor? 



— 20 — 

Jac. Sí; qué has dicho antes; repítemelo. 
Brig. Toma! Vaya una cosa! que se marcha mi sobrina. 
Jac. Y por qué, vamos á ver, por qué? 
Brig. Porque se lo manda quien puede. Sus amos la escri- 
ben, y como ellos se van, está claro que ella no se ha 

de quedar. 
Jac. Eso es! y se irá sin decir una palabra, sin despedirse 

siquiera! 
Brig. Quiá, no, señor, eso no; ya me ha dicho que luego 

vendría á decirle á usted, adiós. 
Jac Y qué adelanto yo con eso? Está resuelto; no se irá y 

punto concluido. 
Brig. Señor! (Asustada.) 
Jac Lo dicho, que no se irá; porque yo no quiero que se 

vaya, y no se irá. 
Brig. Pero señor, qué es lo que tiene usted? usted no está 

bueno? ' 

JaC. Que qué tengo? (Procurando recobrarse.) 

Brig. Claro; nunca le he visto á usted así. 
Jac No, nada; no tengo nada, y.dices bien; tu sobrina debe 
marcharse; bueno, pues que se marche. (Bajando ai 

proscenio.) i 

Brig. Eso mismo digo yo. 

Jac (Pero Jacinto, vamos á cuentas: qué es esto? Ah! mu- 
jeres! mujeres! ni aún las canas son escudo bastante 
fuerte, contra vosotras! Llega uno á viejo, y cree que 
todo ha concluido; pero siempre queda algún resquicio 
aquí, (indicando el corazon.),y cátate que por ahí se cue- 
lan. No faltaba más! á mis años! y la verdad es, que si 
esa chiquilla llega á estar en casa ocho dias más... Ja- 
cinto! Jacinto! por fortuna se marcha... sí, por fortuna!) 
Brígida, tu sobrina que se marche cuando quiera... 
cuanto antes mejor, si así la conviene. 



- 24 - 
ESCENA XII. 

DICHOS y LUCÍA, por el foiu. 

Jac. Acaba de decirme Brígida que tiene usted precisión de 

abandonarnos hoy mismo. 
Lucia. Ay, sí señor! 
Jac. Y en qué tren se marcha usted? 
Lucia. En el de las cuatro de la tarde. 
Jac. Pues nada, Brígida, di que enganchen la carretela y 

que á las tres esté ya dispuesta para llevar el equipaje 

con tiempo. 
Brig. Voy en seguida, señor, y muchas gracias. (Vas* por el 

foro.) 

ESCENA XIII. 

D. JACKNTO y LUCÍA. Pausa. 

Lucia. No he querido marcharme sin dar á usted gracias por 
las muchas bondades que me ha dispensado y sin de- 
cirle que siento mucho dejar esta casa. 

Jac. Mucho? 

Lucia. Sí señor. 

Jac. También yo tengo que agradecerla á usted... pues por 
mi parte... es seguro que sin usted... Esta noche á las 
ocho llega usted á Madrid, no es cierto? . 

Lucia. Á las ocho ú ocho y media. 

Jac Y luego tomará usted el ferro-carril del Norte para ir á 
Santander y allí embarcarse... 

Lucia. No sé. 

Jac. No cabe duda... para volver á América... así lo dicen al 
menos en esa carta en que le mandan á usted marchar- 
se en seguida. Porque creo que. dicen que en seguida? 

Lucia. Así es, sí señor; si no fuera por eso... 

Jac. Si no fuera por eso, qué? 

Lucía. Que no me hubiera marchado ni ahora ni nunca: me 



encontraba tau bien aquí... Por eso es por lo que estoy 
tan triste, que casi casi me dan ganas de llorar. Mire 
usted qué tonta soy, que me había figurado que esto* 
iba á durar siempre y que usted se pasaría la vida sen- 
tado en su sillón y yo á su lado leyéndole Los tres Mos- 
queteros. En cambio, cuando menos lo creía llega esa 
carta, y como me aguardan... es preciso... 

Jac. Yo también la echaré á usted muy de menos! 

Lucia. Yo lo creo, sí señor. Porque qué va á ser de usted en 
cuanto yo me vaya? aquí solo, sin una mujer... 

Jac. Ahí está Brígida. 

Lucia. Sí, ya lo sé que está ahí mi tia; pero... no es lo mismo. 

Jac Ni mucho menos, verdad! 

Lucia. Yo quiero decir, solo, sin tener al lado una joven... 
porque, en fin, una joven es siempre más... 

Jac. Sí; siempre es más... verdad! 

LUCIA. All! (Da algunos pasos hacia la puerta.) 

Jac. Qué es eso? dónde va usted? 

Lucia. (Desde la puerta.) Se acerca la hora de marchar. 

Jac (Después de una pausa.) Y por qué se ha de marchar 

usted? 
Lucia. Hay acaso algún medio para no hacerlo? 
Jac. Ya lo creo que lo hay: coge usted una pluma, tintero y 

medio pliego de papel y escribe usted á esa familia 

americana que no Se Va COn ellos. (Toma todo esto de en- 
cima del velador, lo coloca sobre le mesa de en medio. y alarg-a 
la pluma á Lucía. Ésta va á sentarse muy despacio á la mesa.) 

Lucia. Pues en efecto, la cosa es de lo más sencillo del mundo. 
Jac Claro está; no puede ser más sencilla, (colocándose á u 

derecha.) 

Lucia. Y luego? 

Jac Luego? 

Lucia. Sí señor, luego. 

Jac También es muy sencillo: luego se queda usted aquí . 

Lucia. Y qué haré yo aquí? 

Jac Lo mismo que ha estado usted hacienda estos quince 
dias. 



Lucia. Por más que yo lo desee, eso es imposible. 

Jac. Imposible! imposible! y por qué? vamos á ver. Qué le 
daban á usted esos americanos del diablo? Yo la daré á 
usted doble, triple, lo que usted quiera, se acabó. 

Lucia. Nada más que por leer? 

Jac. Por leer únicamente; sólo por leer. 

Lucia. La ocupación no es mala del todo si no tuviera el pe- 
queño inconveniente de ser algo comprometida . 

Jac Á mis años! 

Lucia. No son tantos, no señor, y una joven dentro de casa es- 
tando usted solo... si no estuviera usted solo... si tu- 
viera usted consigo parientes... algún pariente casado.,. 
El señorito Ricardo, por ejemplo, con su mujer, enton- 
ces... de seguro que me quedaría. 

J^c, Todavía! No me hable usted de esc bergante. Con su 
venida á esta casa ha entrado en ella la desdicha. No 
sirve ese bribón más que para darme disgustos. (Mo- 
mento de pansa.) 

Lucia. Al fin es preciso que rne marche, porque ese era el 
único medio que había para que pudiera quedarme y 
usted no quiere... cómo ha de ser... Válgame Dios'- 

qué desdichada SOy! (Cae sentada sobre la silla.) 

Jac. Lucía! 

Lucia. Perdóneme usted, señor; no he podido contenerme, 

pero ya se acabó. Lo ve usted? ya no lloro. 
Jac. Lucía! 

LUCIA. Señor ... (Levantándose.) 

Jac. No llore usted más, no... la verdad es que hay un me- 
dio; no el que propuse antes sino otro; otro muy bue- 
no. Vamos á ver, contésteme usted. Usted consiente, si 
yo he encontrado ese medio, en no marcharse de esta 
casa y en quedarse aquí á mi lado siempre? Será usted 
así dichosa? 

Lucia. Ah! sí señor; lo digo de todo corazón. 

J\c. Bueno; pues no se marchará usted. 

Lucia. Que no me... 

Jac. Que no se marcha usted, que no y que no. 



- 24 - 

Lucia. Pero... cómo? 

Jac. Porque tengo ya el medio. 

Lucia. Y qué medio es ese? 

Jac. Me caso cou usted y punto redondo. 

Lucia. (Jesús, María y José!) 

Jac. Así se hacen las cosas, bien y pronto. Ahora mismo 
voy á hablar con Brígida y... 

ESCENA XIV. 

DICHOS y I'.ICARDO, por la derecha, con un lio de papeles en la mano. 

Jac. Ven aquí, hombre... acércate sin miedo.. . mira, vete á 
buscar á tu mujer, anda... que venga, hombre, que 
venga y la recibiré en seguida: (salta á su cuello.)* y la 
abrazaré como á tí, lo mismo: anda, hombre, anda. 

Ríe. Pero tío! tio de mi alma! 

Jac. Tenías razón, sí, muchísima razón: ahora lo conozco y 
lo confieso... Pues es claro! que sea la hija de un tapi- 
cero ó de un relojero, ó de... qué importa? todo eso no 
significa nada. Anda, hombre, tráete á tu mujer, que 
se venga y viviremos aqui los cuatro contentos y feli- 
ces... anda... 

Ríe. Los cuatro? ha dicho usted los cuatro, tio? 

JaC. Sí, hombre, SÍ, los CUatrO. (Á Lucía, que comienza á repo- 

nerse del efecto que le causó el exabruto de D. Jacinto.) Voy á 

hablar con Brígida y vuelvo en seguida, en seguida. 

(Sale foro.) 

ESCENA XV. 

LUCÍA y RICARDO. 
LUCIA. (Respondiendo á una mirada de asombro que la dirige Ricardo.) 

Sí, hijo, sí: sácame de aquí corriendo... Vamonos de 

aquí ahora mismo. 
Ríe. Pero qué ocurre? Sepamos. 
Lucia. Nada, que se quiere Cdsar conmigo. 
Ríe. Qué? 



— 25 — 

Lucia. Lo que oyes, casarse. Mira á lo que ha venido á parar 
todo nuestro plan! Pero señorees posible que los hom- 
bres sean todos lo mismo? Es posible que ni aun á los 
que se caen de viejos se les pueda decir que se les 
quiere, sin que se les ocurra en seguida ó una infamia 
ó una locura? 

Rtc. Ahora comprendo lo de los . cuatro. 

Lucia Sácame de aquí, vamonos, vamonos. 

Ríe. Eso es, vamonos, vamonos: como que no hay más que 
irse así como se quiera. No valdría más... 

Lucia. El qué? 

Ríe. Irnos derechitos á él y confesárselo todo c por b? 

Lucia. Y si con ese genio que tiene lo toma á mal y lo echa- 
mos á perder más de lo que está? 

Rio. Y qué remedio nos queda? Hay que jugar el tod •» por 
el todo. 

ESCENA XVI. 

DICHOS y BRÍGIDA, azorada, por el foro. 

Brig. A y, señorito de mi alma, ay, señorita! 

Lucia y Ricardo. Qué hay, Brígida, qué hay? 

Brig. Que el señor me ha pedido permiso para casarse con 
usted. Qué horror! 

Lucia. Eso ya lo sabíamos; y después? 

Brig, Después me ha echado á la calle, me ha despedido. 

Ríe. Porque te has negado á la boda? 

Brig. No, por eso no. 

Lucia. Pues entonces por qué? 

Brig. Por haber sido cómplice de ustedes, como él dice: 
porque le he hecho creer quince dias seguidos que era 
usted mi sobrina. 

Lucia. Luego ya sabe que no lo soy? 

Brig. Sí señora: sabe que mi sobrina se ha convertido en so- 
brina suya. 

Lucia. Y cómo lo sabe? 

Hnift. Toma, porque yo se k> he dicho todo. He cantado 



._. 26 -■ 

claro. 

Ricardo y Lucia. Ah! 

Brig. Al ver que el señor perdía el juicio hasta el punto de 
quererse casar, yo le he perdido también y he empeza- 
do á embrollarme y á no saber lo que me decía, hasta 
que para salir de una vez del atolladero, me pareció 
que lo mejor era decir la verdad y se la dije. 

Ríe. Y entonces qué hizo? 

Brig. Cuando se lo dije? 

Ríe. Sí, entonces. 

Brig. Ay, señorito! bien pronto me convencí de que más nos 
hubiera valido callar. 

Ríe. Pero qué dijo? 

Brig. «Que salgan inmediatamente de esta casa, que nunca 
más se presenten delante de mi vista, díselo así; y en 
cuanto ellos salgan vete tú también, no quiero verte, 
ingratos! burlarse así de mí!» 

Lucia. Y cómo está? 

Brig. No está bien, no señora, no está bien; usted no tiene 
la culpa, porque usted lo ha hecho con la mejor buena 
fe del mundo, pero su cabeza no está muy firme, el 
trago ha sido demasiado fuerte y le ha trastornado el 
juicio. 

Ríe. (Á Lacia.) Tienes razón, hija: lo mejor es que nos mar- 
chemos; Vamos. (Al dirigirse Ricardo y Lucía hacia la puerta 
del fondo, aparece en ella D. Jacinto. Ricardo y Lucía quedan 
inmóviles.) 

ESCENA ULTIMA. 

DICHOS y D. JACINTO. 

D. Jacinto mira fijamente á Lucía y á Ricardo, y después, con una indi- 
cación, les señala la puerta para que salgan. 

Ríe. Ya nos vamos, querido tio, ya nos vamos. 
Lucia. Sí, señor, sí; nos marchamos... (d. Jacinto baja con lenti- 
tud, y con muestras de marcado abatimiento, se deja caer en la 



silla de la derecha de la mesa. Ricardo y Lucía se dirigen de 
«uevo á la puerta del fondo. Brígida sube hasta la puerta del 
fondo por el lado contrario, y hace ademan de despedirse de Ri- 
cardo y Lucía. Al llegar á la puerta, ésta se detiene un instan- 
te, y de repente baja rápidamente y se arroja á los pies de Don 

Jacinto.) nos marcharnos ahora mismo... Pero antes 
ruego á usted que me deje que le explique todo. Éi, 
Ricardo, es quien siempre á cada momento me estaba 
diciendo que no podía vivir sin ver á usted, y sin que 
le perdonara. 

Ríe. Es verdad, tio mió, y ademas yo sabía que usted era 
también muy desdichado no teniendo á su lado á su so- 
brino, á su hijo casi? 

Lucia. Sólo por eso hemos buscado todos los medios imagina- 
bles para ver á usted; hasta que de acuerdo con Brígi- 
da, he venido á esta casa con ánimo resuelto de cap- 
tarme todas las simpatías de usted. Para lograrlo no 
he omitido medio alguno; he sido cariñosa, buena, so- 
lícita, sólo por complacerle á usted; quizás haya sido 
•ambien un poco coqueta, pero tenía tantos deseos de 
aparecer agradable á los ojos de usted: que por esto 
sólo, he cargado tal vez la dosis... creo que sí... creo 
que he puesto más de lo que debía, pero la intención 

me Salva, porque era Sailta. (D. Jacinto la mira un instante 
aún, y á las últimas frases se sonríe á su pesar- Lucía se apro- 
vecha de este detalle para arrojarse en sus brazos, ü. Jacinto 
coge las dos manos de Lucía, y la da un beso en la frente.) 

Jac. Vamos, acércate, buena pieza! 

Ríe. Es de veras, tio, es de veras? 

Jac. Acaso tengo derecho ya para reñirte, cuando yo mis- 

mo... he estado á punto de perder el juicio... 

Brig. Y á mí, señor, todavía quiere usted despedirme? 

Jac Debía hacerlo, porque eso de exponerme á... 

Brig. Bah; todo ello vale poco; no tenga usted cuidado! El 
fuego cuando está entre cenizas, da calor, pero.no 
quema... 

Lucia. Ahora siéntese usted ahí en su sillón. Tú allí cerca del 



- 28 - 

tÍO Y VO aquí. (Se sienla en la silla y al.iv el libro, j «Lile- 

go que se quedó Artagnan ...» 
-IaC. Ah! volvemos... 

Lucía. Está usted bien así? 

J.\C. Estoy perfectamente. (Arrellanándose en el sillón.) 

Lucia. De veras? 

Jac. Perfectamente bien. 

Lucia. Entonces, continúo; y lo que es esta vez espero que 
nadie nos interrumpirá. «Luego que s(3 quedó Artag- 
»nan á solas con Madame Bonacieux, se dirigió hacia 
»la pobre mujer, que yacía sin sentido eu un sillón. Ar- 
»tagnan fijó en ella su inteligente mirada...» (El telón 

debe comenzar á caer lentamente desde que comienza la lec- 
tura. Lucía leerá hasta que la cortina caiga.) 



FIN 



* ADICIÓN 

as obras de esta Galería, posterior á la de 24 de Enero de 1874. 



TÍTULOS. 



Actus. 



AUTORES. 



Píop. que 
oorrespejíd* 



COMEDIAS Y DRAMAS. 






Adelina. • 1 

Al revés 1 

Basta de matemáticas i 

Bromas con la vecindad i 

El amor de Cayetana 1 

El hijo de D. Damián — j. o. v i 

Estrella i 

La sota de bastos— j. o. p 1 

Los tres mosqueteros. , . . i 

Más vale llegar á tiempo — p. o. p. i 

Padres ante todo 1 

Por lo flamenco . . 1 

Una visita 4 

El general Bonete ó el cura Santa 

Cruz , 2 

El nido de la cigüeña 2 

La serpiente del crimen— d. o. v.. . 2 

Agrippina, viuda de Germánico... . 3 

Desde el umbral de la muerte 3 

Judit ? 

L'Hereu 3 

La pompa de jabón 3 

Norma 3 

Pia de Tolomei 3 

ZARZUELAS. 

Una equivocación de puerta i 

La flor de Besalú — a. p * 3 

Los comediantes de antaño 3 



Sres. Lastra y Prieto Todo. 

D. Juan Mela » 

Vital Aza » 

Eduardo de Inza » 

Vicente Rubio » 

Pedro Escamilla » 

J. Velazquez y Sánchez,. » 

Sres. Fuentes y Alcon » 

D. Eduardo de Inza » 

Sres. Fuentes y Alcon » 

D. José Sánchez Arjona » 

Pedro Escamília... » 

Eduardo de Inza. » 

Francisco Macarro, » 

Juan Bergaño » 

Juan de Alba., » 

Luis Bonafox » 

Tomás Rodríguez Rubí. . . » 

Luis Bonafox » 

Sres. Retes y Echevarría.. . . » 

D. Joaquín García Parreño. . * 

Luis Bonafox » 

Lu s Bonafox » 

. Alba y Gisbert L. y M. 

Cañete y Casares L.yM. 

Pina y Barbieri L.yM. 



dvertencia. Han dejado de pertenecer á esta Administración la música 
as zarzuelas Á última hora y Los pájaros del amor f en un acto, y El car- 
ü de Madrid, en dos actos; y el libro de El sargento Bailen, también en 
actos. 



PUNTOS DE VENTA. 



MADRID. 



Librerías de D. Alfonso Duran, Carrera de San Jerónimo; 
de 0. Leocadio López, calle del Carmen; de los Hijos de Fé¡ 
calle de Jacometrezo, 44, y de Murillo, calle de Alcalá. 



PROVINCIAS. 
En casa de ios corresponsales de la Administración Lírico? 

DRAMÁTICA. 

Pueden también hacerse los pedidos de ejemplares directa? 
mente á esta Admintstraeim acompañando su importe en se- 
llos de franqueo ó letras de tácií cobro, sin cuyo requisito nc 
serán servidos.